TIEMPO Y PENSAMIENTO

Por José Luis Martínez Meseguer

 

La instalación pluridisciplinar de Damià Díaz (Alicante 1966), Tiempo y Pensamiento, significa, a la manera DE KAVAFIS, su particular viaje a Ítcaca. Cuando emprendía el camino, cuyo final aún se le depara, ha encontrado aventuras y conocimiento. Queriendo ir más lejos, ha ido a aprender de quienes saben y ha encontrado puertos que sus ojos ignoraban. Siempre, en la mente y el corazón, con la idea de Ítaca, de que llegar a ella era su destino, enriquecido por todo lo que ha ganado en el camino, sin esperar más que el propio hermoso viaje.

Inaugura con ella, el autor, una hermosa etapa creativa, ofreciendo un cambio de soporte, técnica y dimensiones, donde la pintura sale de su formato habitual para darle protagonismo al volumen.

Me consta, porque lo he visto amarrar en algunos puertos, que el camino no ha sido fácil. Su formación académica y profesional le han preparado fundamentalmente en tres disciplinas: la pintura, el grabado y la escenografía. Su perfeccionismo le ha instado a llevarlas al extremo para sacar el máximo partido expresivo de cada una. Tiempo y pensamiento ha sido un excelente ejercicio de artista, visible en sus resultados. Básicamente, la instalación es pintura. Damià Díaz pertenece a los artistas que no abandona la pintura, pese a aquellos que auguraban su presunta muerte, porque cree profundamente en ella y ha descubierto las posibilidades conceptuales de la materia. Se ha enfrentado a la desolación de la forma con la tensión del lienzo y con otras materias como el acero, el metacrilato y la madera y con el color como denominador común.

Su paleta, mediterránea, es continuadora de la saga que inició su abuelo Damián Díaz (1910-1984), y siguen también su padre, Pepe Azorín, (1939), y su hermana Lorena Díaz (1968). Cuatro visiones muy diferentes de entender el arte y la pintura. pero todas ellas dentro de una arraigada tradición familiar de enorme amor al arte y un excelente dominio de la técnica aprendido desde niños.

Esta exposición, resultado de este proceso, que antes describía, ha crecido y se ha desarrollado -como proceso en movimiento- desde nuestras primeras conversaciones, por la primavera del 2000. Como comisario, he vivido la génesis del proyecto y he visto el difícil camino navegado. A modo de apunte, ha estudiado y se ha empapado de las investigaciones de Eadweard Muybridge (1830-1904), pionero de la fotografía y quien primero descompuso la imagen en movimiento, para apoyarse y solucionar ese laberinto que se sitúa nada más penetrar en la instalación, del que ha emitido centenares de bocetos en papel y ha llenado muchas de esas libretas de viaje que tanto nos gustan a ambos.

Las piezas presentadas están concebidas fundamentalmente como una gran instalación pictórica donde el espectador es parte importante de las propias piezas, reformulando la relación entre creación y percepción, fusión entre pintura sobre soporte translúcido, la luz que sobre ella incide y su propia proyección. Un espacio donde uno se puede perder y encontrarse entre la realidad y su reflejo. Incluso, como advertirá el visitante, hay dos momentos de la instalación, uno diurno evocador de los grandes vitrales góticos y otro nocturno donde el reflejo de la propia pieza dialoga con la sombra el transeúnte. La pieza lo es por ella misma, pero construye un desdoblamiento en la luz que ella misma proyecta sobre suelos y paredes, produciendo con su reflejo “otra pieza” desdibujada o deformada que interactúa con el objeto real y el espectador.

El reto más importante de Damià Díaz, según sus propias palabras, era establecer un diálogo equilibrado entre el espacio de la enorme sala y las piezas. Estos grandes formatos ya habían funcionado en la Chapelle Saint-Louis de l’Hôpital de la Pitié-Salpêtrière en París, donde algunas de estas obras estuvieron expuestas en enero de este mismo año 2002. Sin embargo, en la sala 365 del MUA, el artista ha añadido dos secuencias más, a lo largo de las cuales ha conjugado los efectos cambiantes de la luz natural y la arquitectura de la sala para crear una atmósfera envolvente de luz, pintura y reflejos que involucran al espectador, planteando un laberinto pictórico donde el cuerpo humano es el protagonista. Un cuerpo que se muestra en tensión,protagonista de un espacio constreñido que es símbolo de la propia sociedad y de las limitaciones que plantea. Para Damià Díaz la pintura es, por encima de todo, un vehículo de expresión a través del cual exterioriza emociones y estados de ánimo. En este sentido, su pintura podría definirse como expresionista. También el material del que se sirve como soporte, el metacrilato, potencia la carga emotiva de las piezas, que presentan varias dicotomías: por un lado la fragilidad del soporte translúcido y la fortaleza de sus marcos metálicos; por otro, y paralelamente, el empleo de colores cálidos y negros, y por último, el empleo de amplias y agresivas pinceladas en contraste con el carácter más licuado y frágil de las resinas.

Esta exposición de Damià Díaz plantea un constante tránsito o recorrido por un tiempo físico y un tiempo de la memoria, del pensamiento. Tiempo necesario para pensarse a sí mismo y pensar un mundo de recuerdos difusos (materializados en las sombras difuminadas de las pinturas sobre el suelo).

El artista completa así los mensajes que aparecen inmersos en su obra anterior: la idea del movimiento, del tiempo, del transcurrir de la vida y del cuerpo como icono, objeto y sujeto de representación de todas las categorías del conocimiento.

La primera parte de la exposición, la primera secuencia -el Tiempo-, la ha dividido a su vez en tres series: Tránsito, Reflexión y Autorretrato de una secuencia. En la primera serie, Tránsito, el recorrido se plantea como un laberinto, compuesto por treinta planchas transparentes en cuatro colores (cristal, amarillo, rojo y azul) y gran formato, donde vemos imágenes pintadas y luces proyectas en varias direcciones, que nos trazan el recorrido imaginario del individuo, creando una composición que se proyecta sobre el espacio y el espectador, interactuándolos. Damià Díaz ha intentado establecer e insinuar el laberinto donde el ser humano se pierde y se encuentra, convirtiéndose en un elemento más de la composición. La serie central, Reflexión, situada en el centro geográfico de la sala, está compuesta por tres grandes prismas cúbicos, con representaciones de rostros o autorretratos inquietantes, en sus cuatro caras, que aluden a los distintos estados anímicos que dan como resultado un pensamiento, donde desarrolla posibles composiciones alternativas de visión y reflexión, unificando un antes y un ahora de la experiencia, acontecimientos y recorridos íntimos. A la vez, la luz, que aquí se proyecta en una sola dirección, simboliza la conjunción de factores que nos llevan a la concepción de una idea.

Esta primera parte concluye con Autorretrato de una secuencia, donde Damià Díaz a través de una caja-vitrina, que dota de tridimensionalidad al mural, se plantea el recorrido de un personaje que avanza -alla maniera de Muybridge- luchando, rompiéndose, subiendo, bajando o desandando un camino que simboliza el de la vida. Al mismo tiempo, este personaje proyecta una sombra que es reflejo difuso de sí mismo. Aparece otra vez tiempo físico y tiempo de la memoria. Un “retablo seglar” desprovisto de toda religiosidad y dimensionando al hombre por encima de todo, de cualquier deidad.

La última parte de la exposición -Pensamiento- está compuesta por dos piezas que reflexionan en torno al mundo del pensamiento. Recorrido es un camino desde el pasado hacia el futuro. Sobre un suelo negro y en la oscuridad de la sala, ubica setenta planchas luminiscentes, pintadas sobre un soporte translúcido con fosfato de zinc y plata, donde aparecen sesenta rostros —antiguos bocetos, trabajados como si de un grabado se tratase, una construcción en constante reinvención y de una vida efímera de mil horas, que le confiere además un carácter precario, de performance, que desaparecerá con el fin de la muestra y que abre un camino libre, con orden estético que conducen a la composición final. Como colofón un gran mural, con la imagen de un hombre que sale de sí mismo, un hombre nuevo que sale de otro viejo, una idea que viene de obras anteriores, donde aparecen dos cuerpos enfrentados de los que surgen a su vez otros, un auténtica “miocentesis” del propio hombre -como si de una célula se tratara- símbolo de la renovación, del resurgir, del mito del eterno retorno.

Así se nos ha mostrado siempre Damià Díaz, desde sus primeras exposiciones, él mismo en su propia desnudez y frente al espectador, porque es siempre él quien se nos ha dado en cuerpo y alma en cada trazo, en cada pincelada.

Damià Díaz, haciendo suya la frase de Eduardo Chillida “No conozco el camino, sino el aromadel camino”, defiende su capacidad de disfrutar en la búsqueda creativa, que concibe como una necesidad vital de introspección y exteriorización a un tiempo. Lo determinante de una obra de arte depende de una vivencia. Mejor dicho, es una vivencia, no debe ser un jeroglífico que haya que descifrar. En ella no hay nada que descifrar. Dejemos el tiempo y el pensamiento para aprehenderlo juntos.

TIME AND THOUGHT

By José Luis Martínez Meseguer

 

Tiempo y Pensamiento (Time and Thought), Damià Díaz’s (Alicante 1966) multi-disciplinary installation represents, in the style of Kavafis, his unusual journey to Ithaca. When he set out on the road, whose ending he has yet to reach, he encountered adventures and knowledge. With the desire to go ever further, he went on to gain knowledge from the learned ones and came across previously hidden doors. Always with the idea of Ithaca in his heart and in his mind and that arriving there was his destiny. Enriched by everything he accomplished on the road, not expecting anything more than a wonderful voyage.

With this exhibition, the author embarks upon a new creative stage, using different media, techniques and dimensions, where the painting departs from its usual format to give way to volume.

I know, having seen him dock at certain ports, that it has not been an easy road to follow. His academic and professional training have prepared him in three main disciplines: painting, engraving and stage design. His perfectionism has led him to carry them to extremes in order to extract the maximum expressiveness from each of them. Tiempo y Pensamiento (Time and Thought) has been an excellent artist’s exercise, as can be seen in the final result. The installation consists basically of paintings. Damià Díaz belongs to a group of artists who haven’t abandoned painting, despite those who predicted its inevitable demise, because he believes in it deeply and has discovered the conceptual possibilities of the subject. He has faced up to the desolation of shape with a taut canvas and with other materials such as steel, methacrylate and wood, all with colour as the common denominator.

He uses a Mediterranean palette, continuing the saga begun by his grandfather, Damian Díaz (1910- 1984), and carried on by his father, Pepe Azorín (1939), and sister, Lorena Díaz (1968). Four very different ways of understanding art and painting, but all of them part of a deep-rooted family tradition of an enormous love for art and an excellent command of technique that they all learnt as children.

This exhibition is a result of the process described above and has grown and developed — as a process in movement — since our conversations in spring 2000. As one of the organizers, I saw the genesis of the project and the difficult path that has been taken. As a point of interest, the artist studied and immersed himself in the work of Eadweard Muybridge (1830-1904), a pioneer of photography and the first person to break down the moving image into its constituent parts. This aided him in his search for ways to resolve the maze that is to be found as soon as you enter the installation and of which he has made hundreds of paper sketches and filled many of the travel notebooks that we both like so much.

The pieces presented are basically conceived as a large pictorial installation where the spectator is an important part of the pieces themselves, reformulating the relationship between creation and perception, the fusion of painting on a translucent sup-port, the light falling on it and its own projection. A space where one can lose and find oneself bet-ween reality and its reflection. There are even, as the visitor will find out, two moments within the installation, one that is daytime, reminiscent of the great gothic stained-glass windows and another that is night where the reflection of the piece itself interacts with the passerby’s shadow. Although a piece in its own right, it creates a split in the light that is projected through the piece onto the floors and walls. Its reflection produces “another piece” that is blurred or deformed and that interacts with the actual object and the spectator.

Damià Díaz’s most important challenge, in his own words, was to establish a balanced dialogue between the space of the enormous room and the pieces. These large formats had already been successful in the Chapelle Saint-Louis in the l’Hôpital de la Pitié-Salpêtrière in París, where some of these works were exhibited in January 2002. However, in Room 365 of the MUA, the artist has added another two sequences, through which he has conjugated the changing effects of the natural light and the architecture of the room to create an atmosphere enveloping light, painting and reflections that involve the spectator, creating a pictorial maze in which the human body is the leading player. A tensed body is the protagonist of a con-fined space that symbolizes society itself and the limitations it generates. For Damià Díaz, painting is above all a vehicle for expression through which he makes his emotions and moods known. In this sense, his painting could be defined as expressionist. The material methacrylate, which is used as the medium, enhances the emotional charge of the pieces, through which several dichotomies appear: the fragility of the translucent support contrasts with the strength of the metal frames; warm colours are used alongside blacks; and ample, aggressive brush-strokes stand out against the more liquid and fragile nature of the resins.

This Damià Díaz exhibition suggests a constant transit or journey through physical time and time that lives on in memory, in thought. Time necessary to think about oneself and about a world of vague memories that materialize in the shadows of the paintings cast across the floor.

The artist thus concludes the messages embedded in his previous work: the idea of movement, of time, of the passing of life and of the body as an icon, the object and subject that symbolizes all areas of knowledge.

The first part of the exhibition, the first sequence — Time —, is in turn divided into three series: Transíto (Transit), Reflexión (Reflection) and Autoretrato de una secuencia (Self portrait of a sequence). In the first series, Transit, the journey is made through a maze that consists of thirty large transparent sheets in four colours (glass, yellow, red and blue). Painted images are depicted on these sheets and lights are projected in different directions, tracing the imaginary journey of the individual and creating a composition that is projected into the space and onto the spectator, causing them to interact. Damia Diaz has attempted to create the maze at a point where the human being loses and finds himself, becoming yet another part of the composition. The middle series, Reflection, located at the very centre of the room, consists of three large cubic prisms that depict unsettling faces and self-portraits on their four sides. Here, allusions are made to the different states of mind that guide us to a thought. The artist offers possible alternative compositions of vision and reflection, uniting a past and present of experience, events and private journeys. In addition, the light is projected here in one direction only and symbolizes the combination of factors that lead us to conceive an idea. This first part ends with Self portrait of a sequence, where Damia Diaz, using a glass showcase to lend three dimensions to the work, conveys the journey of a character who is moving forward — a//a maniera of Muybridge — struggling, tiring, climbing, climbing down, or walking back along a road that symbolizes life. At the same time, this character casts a shadow that is a dim reflection of himself. Physical time and time that lives on in memory reappear. A “lay altarpiece” with absolutely no religious connotations, made with man in mind before anything else, before any god.

The last part of the exhibition — Pensamiento (Thought) — consists of two pieces that reflect on the world of thought. Journey is a road from the past towards the future. On a black floor and in the darkness of the room, there are seventy luminescent plates, pain-ted on a translucent medium with zinc phosphate and silver. Sixty faces are shown — old sketches that resemble engravings, a constantly changing construction with an ephemeral life of a thou-sand hours. Consequently the piece adopts a precarious nature, as if it were a performance, that will disappear at the end of the exhibition, giving way to an open road that visually leads the spectator to the last composition. To round off this exhibition, the spectator finds himself in front of a large mural depicting with the image of a man coming out of himself, a new man leaving an old one. This idea follows on from his previous works, a true “miocentesis” of man himself — as if he were a cell — a symbol of renovation, resurgence, the myth of the infinite return.

Since his first exhibitions, Damià Díaz has always presented him-self in this way, laid bare for the spectator to see. It has always been his body and soul in every fragment, in every brushstroke. Using the words of Eduardo Chillida, “I don’t know the road, only its smell”, Damià Díaz defends his ability to enjoy the creative search, considering parallel introspection and outward expression to be of vital importance. The substance of a work of art depends on an experience that the artist has had. Or rather, it is an experience and should not be a hieroglyphic that needs to be deciphered. There is nothing to decipher in it. Let’s leave time and thought behind to understand it together.